EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

martes, 21 de abril de 2015

Desde arriba y al lado y servicio de los de arriba

Desde arriba y al lado y servicio de los de arriba



“Maneras de contar” es el título de un artículo de José Luis Pardo [JLP], filósofo, así se define él mismo, publicado en el global-imperial el pasado lunes, en la sección “la cuarta página” [1]. La entradilla del texto: “Lo que buscan quienes pretenden monopolizar el relato de los hechos no es la verdad histórica, sino la legitimidad moral, y por eso se presentan como víctimas. Es uno de los recursos del discurso nacionalista”. Parece, pues, que la cosa va básicamente de nacionalismos, mirados/analizados críticamente. Pero no es eso. El preámbulo del texto. Según decía Jim Thompson, el narrador que colaboró con Kubrik en el guión de Senderos de gloria, “hay 32 formas de contar una historia” pero sólo hay una sola trama. Con eso quería decir, señala JLP, “algo tan sencillo -pero hoy tan políticamente incorrecto- como que las cosas no son de 32 maneras, sino sólo de una, aunque haya diferentes modos de relatarlas, es decir, diferentes perspectivas sobre lo ocurrido: tantas, al menos, como intereses involucrados en los hechos en cuestión”. No sé si “intereses” es término adecuado, pero adelante. Puede serlo en algunos casos, no en otros.
Esta diversidad no es de suyo preocupante, sostiene JLP, “y en muchos sentidos podría considerarse “enriquecedora”, ya que el añadir puntos de vista variados puede completar la visión que nos hacemos de lo que nos pasa”. El conflicto comienza, en su opinión, “cuando nos encontramos con dos (o más) relatos, perspectivas o puntos de vista que son incompatibles entre sí, porque eso significa —si admitimos la incómoda tesis de Thompson— que al menos uno de ellos es falso”. Habría que precisar qué entiende JLP por incompatible (¿contradictorio sin más?) y sopesar si puede afirmarse de una perspectiva o punto de vista que sea falso, pero, sea como fuere, de lo anteriormente señalado concluye JLP “que cuando dos relatos o perspectivas son incompatibles es porque no son relatos de los mismos hechos o perspectivas acerca de las mismas cosas, o sea que quienes los relatan de estas maneras inconmensurables no están hablando de una sola y la misma trama, sino que creen vivir en mundos radicalmente divergentes”. Me da que no se concluye inexorablemente eso que afirma a no ser que entendamos “mundos radicalmente divergentes” de manera muy suave, poco penetrante: podemos pensar desde dos perspectivas incompatibles sobre los mismos hechos o acerca de las mismas cosas con afirmaciones radicalmente opuestas o, sin más, contradictorias, y no veo por qué hay que pensar que quienes así discuten creen vivir en mundos radicalmente divergentes, si se entiende esa divergencia en términos ónticos, no epistemológicos.
Tanto da, es muy probable que sea yo el cegado o más que equiocado en esta ocasión, el que viva en un mundo radicalmente distinto del que vive JLP quien afirma a continuación que “existe una (vieja y desprestigiada) manera de dirimir esta cuestión: acudir al relato de los historiadores, el único que podemos suponer “desinteresado” o cuyo único interés es esclarecer la verdad sobre los hechos”. Empero, añade, nadie quiere oír hablar de un punto de vista “desinteresado” u “objetivo”. ¿Nadie, cómo que nadie? No sólo “porque hemos visto que los diferentes poderes en liza disponen de sus respectivos equipos de “historiadores desinteresados” al servicio de sus intereses, sino sobre todo porque el tipo de conocimiento que suministra la historiografía, por aspirar a la objetividad, nunca es definitivo (siempre está abierto a nuevas investigaciones) y nunca equivale a un juicio moral, y por ello no satisface las expectativas políticas de quienes esperan una última palabra inamovible y obligatoria, que además determine con claridad quiénes fueron los buenos y quiénes los malos”. Aparte de algunos pasos más o menos triviales (aunque sin duda interesantes), ¿de quién estará hablando JLP cuando habla de “quienes esperan una última palabra inamovible y obligatoria, que además determine con claridad quiénes fueron los buenos y quiénes los malos? ¿A que qué torpes, estúpidos, cerriles y dogmáticos se estará refiriendo?
El núcleo duro de este conflicto, prosigue, “parece encontrarse en ese dictum infinitamente repetido según el cual “la historia la escriben siempre los vencedores”, que naturalmente presupone que, al hacerlo, los vencedores falsean los hechos para establecer como definitiva una verdad oficial según la cual ellos fueron los buenos, y los derrotados los malos”. Debido al prestigio adquirido por ese dictum, “nadie quiere adoptar el punto de vista del vencedor, por temor a que ello convierta inmediatamente su relato en sospechoso de falsificación”. La inversión heterodoxa (y más que conservadora) parece alumbrarse. “Pero esto no significa, ni por asomo, que el relato de los vencedores se complete o se contraste con el de los derrotados (algo que, al menos, tendría cierto interés narratológico)”. Puesto que lo que buscan quienes pretenden monopolizar el relato de los hechos no es la verdad histórica, así lo afirma él, sino la legitimidad moral, “la realidad es exactamente la contraria de la enunciada en esa fórmula repetitiva, es decir, que todo el mundo se empeña en contar la historia desde la perspectiva de las víctimas, que ha quedado incomprensiblemente libre de toda sospecha (incluso Hitler contaba la historia del pueblo alemán y de la raza aria como víctimas del complot sionista internacional, y Franco estuvo 40 años haciéndose la víctima de la conspiración judeo-masónica)”. De este modo “todos los que participan en un conflicto falsean la historia para presentarse como “los buenos”, pero la forma de hacerlo consiste justamente en aparecer como víctimas”. Este es el punto que parece querer remarcar: “sólo así la victoria que pretenden será no solamente consecuencia de su predominio material sobre el enemigo, sino de su superioridad moral”.
No nos demoramos más. Tras el preámbulo filosófico, el asunto, la trama del artículo. “El discurso nacionalista es, no por casualidad, un ejemplo privilegiado de esta estrategia narrativa”. El ejemplo: “En España hemos visto, por ejemplo, cómo el nacionalismo catalán ha construido en unos pocos años una narración en la cual Cataluña aparece como víctima de una historia de expolio y avasallamiento que ha durado siglos”. Su tesis y sorpresa: “Si esta historieta hubiera sido impuesta mediante la violencia a todos los súbditos por un dictador despiadado en un país remoto, nos parecería verosímil que muchos de ellos hubiesen acabado creyéndosela”. Sin embargo, añade, “ha ocurrido en un país democrático, políticamente pluralista”, miembro, nada menos, “del Consejo de Seguridad de la ONU “ (¡qué cosas que escriben los filósofos!), y no obstante “un buen número de catalanes letrados se ha enganchado a esta fábula con manifiesto entusiasmo”. Sea o no sea esto, este no es el punto.
Luego habla de ETA. ¿Este es el nudo? No, tampoco. La diana es esta: “Pero no son estos los únicos victimismos que producen relatos incompatibles”. ¿Quiénes pues? Los siguientes:
El día en que JLP escribe estas líneas los sondeos demoscópicos sitúan en cabeza a una formación cuyos votantes, “que no son analfabetos indocumentados, que se benefician de la cobertura sanitaria y educativa del Estado social de derecho y de los favores de pertenecer a la Unión Europea” (¡qué cosas que siguen escribiendo los filósofos!), están convencidos, de buena fe y sin admitir un ápice de hipocresía, de cosas como las siguientes (¿se intuye el asunto, la trama del artículo?): 1. Que en España (a diferencia de lo que ocurre en Venezuela) hay presos políticos y la libertad de expresión está amenazada. 2. Que la formación a la que apoyan —cuyos dirigentes entraron en política al grito de “¡Les vamos a echar!”— es objeto de una conspiración para “tumbarles” de la que forman parte todos los medios de comunicación nacionales y algunos locales, capitaneada por el grupo PRISA y financiada por el capitalismo internacional, del cual son lacayos los dos grandes partidos estatales. 3. Que en realidad no son dos sino uno solo. 4. Que estas mismas fuentes también sufragan a Ciudadanos, que es un partido de extrema derecha franquista surgido directamente de la Falange Española y de las JONS y alimentado por conocidos intelectuales fascistas. 5. Que para presentarse a las elecciones no es necesario ningún programa definido de actuación, sino solamente tener muy claro aquello que se rechaza (que es todo lo ajeno), y que una vez en el poder ya se irá construyendo la alternativa sobre la marcha (y esto, por cierto, no les parece un fraude).
¿Esta es la aproximación razonable, prudente, informada, objetiva, que un filósofo que se precie debe realizar a las tesis y posiciones de una formación de la que se discrepa? ¿Quién ha afirmado lo que JLP afirma que dicen de Ciutadans? ¿Rechazo de todo lo ajeno? ¿Quién rechaza todo lo ajeno? ¿Programa definido en el caso de otras fuerzas? ¿Estará hablando del PP o el PSOE? ¿Fraude, habla de fraude? ¿No existen intentos claros y evidentes de restaurar la hegemonía de los poderes de siempre? El grupo PRISA, del que JLP debe ingresar algunas remuneraciones, ¿es un alma veraz y bendita en todo este proceso? ¿PP y PSOE no coinciden y han coincidido en mil y un puntos? ¿A qué presos políticos se refiere JLP al hablar de Venezuela?
Conclusión: “Dígase como se quiera, pero el caso es que quienes cuentan estos cuentos (que son más del 20% de los electores, según los sondeos) no viven en el mismo país que quienes sabemos que todas esas aserciones son falsas. Y si esto abona la idea de que hay muchas maneras de contar una historia, no permite ya asegurar que haya una sola trama, como quería Thompson”. ¿Cuentos? ¿Qué cuentos? ¿Habla de su narración, de su propia historia? ¿Aserciones falsas? ¿Dónde está la demostración de la falsedad de todas ellas? ¿Y la historia que cuenta JLP no es un cuento falso? ¿Qué trama está abonando en su caso? ¿Al servicio de que intereses tras su sesudo análisis filosófico?
En síntesis: muchos ruido, pocas nueces y, sobre todo, un intelectual orgánico al servicio de las voces con mando en plaza que es incapaz incluso de citar explícitamente el nombre de la formación política de la que está hablando. Podemos evidentemente. De IU ni una coma. No cuenta ahora en su trama, en el país-País en el que vive.
Robert W. McChesney, en un libro que merece nuestra atenta lectura [2], ha señalado algo bastante obvio: “Cualquier intento de entender la democracia sin tener en cuenta su relación con el capitalismo es dudoso. A pesar de que habitualmente se equipare el capitalismo –o el eufemismo de los mercados libres- con la democracia, una y otra cosa siguen siendo proyectos distintos, con tensiones muy fuertes entre sí que pueden desencadenar un conflicto directo”.
Para el filósofo José Luis Pardo esto debe ser un dislate, un victivismo o afirmación similar de tres al cuarto. Lo mejor, filosóficamente hablando, los editoriales de El País… O sus artículos por supuesto.

Notas:
[1] http://elpais.com/elpais/2015/04/16/opinion/1429209121_998578.html
[2] Robert W. McChesney, Desconexión digital, Barcelona, El Viejo Topo, 2015 (ed original 2013)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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