EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

lunes, 30 de noviembre de 2020

La pandemia en Mexico

 Pandemia

Muertes en 2020 exceden en 217 mil 989 promedio anual del lustro pasado
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▲ Familiares esperan información de sus pacientes afuera del Hospital General de Zona 1A, conocido como Venados, especializado en Covid-19 en la Ciudad de México.Foto Cristina Rodríguez
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Periódico La Jornada
Lunes 30 de noviembre de 2020, p. 16

Entre el primero de enero y el 24 de octubre se estimaron en el país 217 mil 989 muertes en exceso por diferentes causas, 38 por ciento más del promedio anual de los pasados cinco años. La mayoría de estas defunciones, 72 por ciento (155 mil 990), es atribuible a Covid-19. En total hubo 794 mil 944 muertes, informó la Secretaría de Salud.

La Ciudad de México, con 60 por ciento, y el estado de México, con 63 por ciento, tienen los porcentajes más altos de decesos. Entre las entidades donde se reporta menos diferencia, lo cual puede deberse a un subregistro, son Chiapas con 7 por ciento, Durango 6, Guerrero 10, Nayarit 8 y Oaxaca 12 por ciento, precisó durante la conferencia de prensa nocturna sobre Covid-19 el director general del Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades (Cenaprese), Ruy López Vidaura.

Explicó que los datos se obtuvieron de las actas de defunción del Registro Nacional de Población e información elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). En promedio, en el lustro anterior se reportaron 576 mil 955 decesos anuales. Este año la cifra subió 38 por ciento por diferentes causas y en la revisión de casos que pudieran estar relacionados con Covid-19 se tiene, hasta ahora, la cifra de 155 mil 990 muertes, pero esto aún debe confirmarse.

Recordó que en la semana 15 (a mediados de abril) fue el pico de mortalidad y después hubo un decremento hasta la semana 43 (la del 24 de octubre).

Señaló que hubo más decesos en hombres y mujeres, pero en los primeros es 44 por ciento superior, mientras en ellas de 30 por ciento. En relación con la edad, en la población de 45 a 64 años se rebasó en 64 por ciento, en los de más 65 años en 35 y en los de 20 a 44 años en 19.

Sin embargo, dijo, por números absolutos los decesos han afectado más a los adultos mayores de 65 años, ya que fallecieron 113 mil 283 adicionales a los de años anteriores, en tanto que en los de 45 a 54 años fueron 88 mil 824 más y en los de 20 a 44 años 14 mil 894.

Ayer, reportó, hubo un millón 107 mil 71 casos confirmados de Covid-19, 6 mil 388 más que el sábado, cuando se dio cuenta de un millón 100 mil 683. En relación con las defunciones se llegó a 105 mil 655, 196 más que el día previo, cuando hubo 105 mil 459.

En relación con la mortalidad, la semana 28 se presentó el mayor número de defunciones, y en la más reciente (la 47), 2 mil 993.

Factores que influyen en el acceso a servicios de salud

 

Factores que influyen en el acceso a servicios de salud en México

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Fuentes: Rebelión

La salud es un estado vital para el ser humano, por tanto: es necesario que toda la población pueda acceder a los de servicios de salud, independientemente de su posición socioeconómica. La Organización Mundial de la Salud (OMS), ha definido que el estado de salud y bienestar de la población dependen de los Determinantes Sociales de la Salud (DSS). Es decir, “las circunstancias en que la población nace crecen, vive, trabaja y envejece, incluido el sistema de salud que utiliza para combatir la enfermedad, y en las que influyen, según su edad, sexo, estilos de vida, actitudes y conductas de riesgo que afectan su salud”.

Estos escenarios intervienen y condicionan la salud, el riesgo de enfermar, de rehabilitarse y la esperanza de vida. Los DSS explican la mayor parte de las inequidades sanitarias. Denominadas como, las diferencias sistemáticas observadas en el estado de salud de los diferentes grupos de población, consideradas innecesarias, evitables, arbitrarias e injustas.

En México la cobertura de protección en salud ha aumentado en los últimos años, no obstante, la oportunidad de acceder al derecho a la salud no es igual para todos. Los trabajadores asalariados del sector formal, activos y jubilados, así como sus familiares directos, cuentan con los servicios de las instituciones de seguridad social como es el caso del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), Instituto de Seguridad Social para las Fuerzas Armadas (ISSFAM), Petróleos Mexicanos (PEMEX), Secretaría de la Defensa (SEDENA) y Secretaría de Marina (SEMAR). Sin embargo, casi 6 de cada 10 mexicanos, por su condición laboral o social, carecen de esta protección. Por otro lado, los auto empleados, desempleados y población que se encuentran fuera del esquema de seguridad social, puede acudir a las siguientes opciones: 1) Acudir a los servicios proporcionados por la Secretaría de Salud (SSa) y Servicios Estatales de Salud (SESA), 2) Incorporarse al programa IMSS-Bienestar, 3) Afiliarse al Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi) que reemplazó al Seguro Popular, 4) O en su defecto acudir a los servicios privados 2.

Por su parte, la oferta de servicios de salud a nivel regional es una de las barreras al acceso a los servicios de salud: de acuerdo con información del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) “en 2018, las unidades de hospitalización suman un total de 4,571 en el sector público en todo el país; 97.7% de estas se encuentran en localidades urbanas y solo 1.5% en poblaciones rurales, un poco menos de cuatro unidades por cada 100,000 habitantes” 3.

Teniendo en cuenta a la OMS “el género, la educación, el trabajo, el nivel de ingresos, el grupo étnico al que se pertenece y el lugar de residencia están íntimamente ligados al acceso de la población a los servicios de salud, la eficacia de éstos y a la experiencia que se tiene como paciente” 4.A continuación, se explican algunos de los factores relacionados con el acceso a servicios de salud:

  • El ingreso, el cual definirá el acceso regular por parte de los hogares, a los bienes y servicios, así como, la cantidad de recursos monetarios que las familias pueden dedicar al gasto en cuidados de la salud. Paralelamente, un mayor ingreso incrementa la afiliación a las instituciones de seguridad social, en tanto, la población con menor ingreso esta mayormente afiliada al Seguro Popular, hoy Insabi 5.
  • La escolaridad, es uno de los factores que en mayor medida influye en el acceso a servicios de salud, ya que, existe una estrecha relación entre bajos niveles educativos y niveles bajos o nulos de acceso a instituciones de salud 6.
  • Los roles de género, las mujeres dedican un mayor tiempo de trabajo no remunerado en comparación con los hombres, lo cual, limita su participación en el mercado de trabajo. Por consiguiente, tienden a estar sobrerrepresentadas en el sector del trabajo informal, sin acceso a prestaciones de seguridad social 7.
  • El tiempo de traslado al hospital, la accesibilidad a los servicios de salud se refiere a la no existencia de barreras al acceso a los servicios de salud, un mayor tiempo de traslado al hospital limita el acceso a servicios de salud. De acuerdo con datos de Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) el tiempo promedio de traslado en 2016, reportado al lugar donde se atendió la última vez que se demandó un servicio de salud fue de 35.4 minutos.
  • Etnia, la población indígena de México, presenta bajos niveles de acceso a servicios de salud, con una esperanza de vida siete años inferior al resto de la población. Dicho esto, pertenecer a un grupo étnico en el país, limita el acceso a los servicios de salud, en particular al acceso a la seguridad social 8.
  • La edad, existe una relación positiva con la edad y acceso a servicios de salud, ya que, entre mayor sea la persona es más probable que padezca alguna enfermedad. Por su parte, la población mayor de 60 años enfrenta enfermedades más complejas y de mayor costo, por lo tanto, esta población demanda con mayor frecuencia atención médica con respecto al resto de la población 9.

Lo anterior, es en gran medida reflejo de las inequidades observadas en las condiciones de vida de los mexicanos y mexicanas, relacionadas con el ámbito laboral, estatus socioeconómico, acceso a la educación, género, lugar de residencia, entre otros factores. Por lo tanto, se deben crear las condiciones necesarias que garanticen el acceso a la salud se lleve a cabo con disponibilidad, accesibilidad y calidad. Del mismo modo, es necesario extender y mejorar el sistema de salud público en México, tanto en su estructura como presupuesto, priorizando la atención primaria, en un momento tan crítico ante la pandemia de Covid-19.

Bibliografía

1 OMS. (2009). Subsanar las desigualdades en una generación Alcanzar la equidad sanitaria actuando sobre los determinantes sociales de la salud. Buenos Aires.: Ediciones Journal S.A.

2 CONEVAL. (2018). Estudio Diagnóstico del Derecho a la Salud 2018. Ciudad de México: CONEVAL.

3 CONEVAL. (2018). Estudio Diagnóstico del Derecho a la Salud 2018. Ciudad de México: CONEVAL, p.139.

OMS. (2009). Subsanar las desigualdades en una generación Alcanzar la equidad sanitaria actuando sobre los determinantes sociales de la salud. Buenos Aires.: Ediciones Journal S.A, p. 4.

5 INEGI. (2016). Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, México.

Fuentes, M. (2018). Las muertes que no deben ser. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

7 OPS. (2012). Determinantes e inequidades en salud. Recuperado a partir de http://capacitasalud.com/biblioteca/wpcontent/uploads/2016/09/Determinantes-e-inequidades-en-salud-OPS-2012.pdf

Zolla, C. (2007). La salud de los pueblos indígenas de México: [diapositivas de PowerPoint]. Recuperado a partir de http://www.nacionmulticultural.unam.mx/portal/pdf/proyectos_academicos/salud_pueblos_indigenas.pdf

9 IMSS. (2018). Programa institucional del instituto mexicano del seguro social 2014-2018. México: Gobierno de la República.

Una pandemia, dos futuros

 

Una pandemia, dos futuros

30/11/2020
  • portugués
  • Análisis
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Dido, 1994 Óleo sobre lienzo
Arte: Dora Longo Bahia

Casi un año después de la erupción del Covid-19, el mundo permanece impotente ante la pandemia. Las medidas tomadas para contenerlo, sin embargo, provocaron una triple crisis, económica, política y cívica. Ya se han reforzado dos grandes tendencias: el triunfo de las industrias digitales y el regreso del Estado como controlador del capitalismo. Dos movimientos complementarios ...

 

Los economistas rara vez se han interesado por los procesos mediante los cuales se construyen las reglas del juego, las instituciones y organizaciones cuya conjunción asegura la resiliencia de un régimen socioeconómico. Su incomprensión de la larga depresión que siguió al colapso del régimen soviético en Rusia atestigua esta brecha. Ahora bien, considerando todas las salvedades, esta es realmente la pregunta que se plantea para la salida del coma en el que se hundieron las economías en un intento por contener la pandemia del Covid-19: ¿cómo reconstituir un sistema económico funcional a partir de componentes desconectados entre sí?

 

A falta de un retorno a la historia, cada uno propone un enfoque normativo según sus preferencias doctrinales o ideológicas. Para facilitar la recuperación, deben eliminarse los impuestos a la producción, dicen las organizaciones de empleadores. Es necesario restablecer el impuesto a las grandes fortunas, instituir un impuesto transitorio o incluso permanente a los altos ingresos y avanzar hacia una mayor justicia social, afirman investigadores y movimientos de izquierda. Otros sugieren “empezar de nuevo”: finalmente teniendo en cuenta la amenaza de colapso ecológico y la prolongación de la recesión económica, cuyo confinamiento ha demostrado ser posible.

 

La explotación del legado de las dos últimas décadas es un requisito previo. La pandemia llega en una coyuntura marcada por la difícil salida de la crisis de 2008, que no desembocó en un marco financiero estricto. Al contrario: implicó mantener tipos de interés cercanos a cero para estimular la actividad económica, fuente de recurrentes estallidos especulativos - en este caso sobre el petróleo y las materias primas - en sociedades dominadas por la financiarización [1] . El aumento de los ingresos del capital y la inseguridad laboral están alimentando un aumento continuo de la desigualdad. A principios de 2020, los líderes políticos no podían imaginar que un virus pudiera detener estas poderosas dinámicas.

 

Incertidumbre radical

 

Ciertamente, especialistas en salud pública habían concluido, a partir de la observación del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) y H1N1, que era necesario prepararse para el regreso de las epidemias, cuya probabilidad aumentaba con la movilidad internacional. El mensaje se recibió en Asia, pero no en Estados Unidos o Europa, ni mucho menos. En general, los gobiernos buscaron limitar el crecimiento de los costos de la atención médica, incluso si esto dio lugar a una inversión insuficiente en equipos básicos de control de epidemias. La confusión es grande cuando la rápida propagación de infecciones requiere una medida radical - la cuarentena -, en ausencia de planificación y preparación de una estrategia eficaz: pruebas, seguimiento y aislamiento. Esto explica la letalidad desigual de la pandemia entre las principales zonas de la economía mundial,

 

La decisión de muchos gobiernos de priorizar la defensa de la vida humana antes de perseguir la normalidad económica revierte la jerarquía tradicional establecida por los programas de liberalización anteriores, que habían debilitado el sistema de salud. Este inesperado y brutal cambio precipita una serie de ajustes en toda la sociedad: pánico en la bolsa, colapso de los precios del petróleo, interrupción del crédito, reducción del consumo, volatilidad del tipo de cambio, abandono de la ortodoxia presupuestaria, etc.

 

Al principio, el brote de Covid-19 tomó por sorpresa a los propios expertos y agentes, incapaces de encontrar las palabras para describir la situación que se suponía que debían enfrentar. Después de la guerra contra el terrorismo, ¿fue prudente declarar la guerra a un virus? ¿Era apropiado calificar como "recesión" lo que en realidad es una decisión política y administrativa de detener todas las actividades que no son necesarias para la lucha contra la pandemia y para la vida diaria?

 

Los no expertos y los políticos pueden haber creído que los avances en biología permitirían un control rápido de Covid-19. Esto sería ignorar la advertencia de los investigadores de virología: no existe un virus típico, cada uno tiene características que deben descubrirse a medida que se propaga. Por lo tanto, las autoridades tuvieron que tomar decisiones de gran alcance ante una incertidumbre radical. ¿Cómo podemos decidir hoy cuando sabemos que todavía no sabemos lo que terminaremos sabiendo pasado mañana, desafortunadamente, demasiado tarde? ¡Adiós al cálculo económico racional! El resultado es una imitación general: es mejor cometer errores juntos que tener razón solo. Así, los gobiernos se copian entre sí y acaban refiriéndose al mismo modelo de propagación de la pandemia. Los inversores se contentan con fondos que imitan un índice bursátil, ya que no cuentan con la información relevante para evaluar activos financieros. Asimismo, gobiernos desprevenidos deben innovar con medidas sin precedentes, lo que agrega una segunda incertidumbre radical, ya que nadie conoce el impacto final.

 

Esto explica en parte la naturaleza conflictiva de las decisiones públicas y las contradicciones que impregnan el discurso oficial. Este embarazo de incertidumbre tiene una consecuencia importante en términos de rendición de cuentas: cuando se conozcan las estrategias que resultarán más efectivas, ¿los ciudadanos perjudicados por un tratamiento inadecuado de la pandemia podrán presentar denuncias contra la administración sanitaria o incluso contra los políticos?

 

Dado que la decisión de detener prácticamente la economía corre el riesgo de hacer fracasar a las empresas más frágiles y empobrecer a las más débiles, debe ir acompañada de medidas para apoyar los resultados de la empresa y los ingresos de los empleados. En Francia y en muchos otros países, la intervención masiva del Estado rompe con el proyecto de volver al equilibrio de las finanzas públicas: es el imperativo de la salud pública y la urgencia -quizá el pánico- lo que justifica esta reevaluación de la doctrina gubernamental. Pero la esperanza de una rápida victoria sobre el virus es decepcionante y las medidas sanitarias y, por tanto, el esfuerzo presupuestario, deben prolongarse. La vida humana, que parecía invaluable, tiene un costo. Turismo, restauración, transporte aéreo, entretenimiento: sectores enteros están al borde de la quiebra, y sus organizaciones profesionales exigen un retorno a una actividad económica más sostenida. El cual no puede ser el que prevaleció en 2019, ya que las barreras a la propagación del virus pesan sobre la productividad, los costos y la rentabilidad.

 

Lógicamente, si la conmoción creada por Covid-19 resultase duradera, la pandemia podría marcar una conciencia: la búsqueda del bienestar debería convertirse en la piedra angular de las sociedades. Este pronóstico optimista debe ser moderado, ya que Covid-19 no deja en claro el pasado. “Todo debe cambiar para que nada cambie”, especialmente en la distribución del poder dentro y entre las sociedades a nivel internacional. Por un lado, Covid-19 ya ha cambiado muchos comportamientos y prácticas: la estructura de consumo registró los riesgos de las relaciones cara a cara; la obra fue digitalizada, permitiendo una desconexión temporal y geográfica de las tareas que producen bienes o servicios inmateriales; la movilidad internacional de personas se ha visto obstaculizada permanentemente; y las cadenas de valor mundiales no saldrán ilesas de los esfuerzos por recuperar cierta soberanía nacional sobre la producción de bienes considerados estratégicos. Los modos de regulación se transformarán, con pocas posibilidades de volver al pasado.

 

Por otro lado, Covid-19 aceleró dos de las tendencias observadas desde la década de 2010. La primera se refiere al capitalismo de plataformas, centrado en la explotación de información de cualquier tipo, que ha comenzado a conquistar el mundo. Con la crisis de la salud, demostró su poder para mantener la actividad del comercio electrónico gracias a sus algoritmos impulsados ​​por inteligencia artificial y su logística, al ofrecer información en tiempo real sobre todas las actividades, al facilitar el trabajo y el aprendizaje a distancia y al explorar caminos para el futuro abiertos en nuevos sectores (vehículos autónomos, exploración comercial del espacio, telemedicina, equipamiento médico). A su vez, los inversores apuestan por su éxito a largo plazo en el contexto de un declive de la economía tradicional.

 

Pero también dio lugar a su contraparte dialéctica: una miríada de capitalismos estatales que, impulsados ​​por aquellos que se dejaron valerse por sí mismos con la apertura de las economías, pretenden defender las prerrogativas del Estado-nación, incluso en la esfera económica. A medida que los beneficios de la globalización se disiparon, se multiplicaron y diversificaron. En un extremo del espectro está China; sin embargo, la configuración más común es la de países cuyos gobiernos denominados “populistas” utilizan al Estado para defender la identidad nacional, por ejemplo, frente a la migración y, en el fondo, la competencia internacional. Hungría y Rusia son dos variaciones de esta segunda categoría.

 

Esta presentación no puede dejar de plantear una objeción de sentido común: ¿cómo pueden coexistir dos regímenes tan opuestos? Analizando bien, se alimentan entre sí. La contraparte de la ofensiva de las multinacionales digitales es una desarticulación de los sistemas productivos nacionales y una polarización de las sociedades en una línea de ruptura entre grupos y profesiones que prosperan en la competencia entre territorios, y los demás, perdedores, cuyo nivel de vida está estancado, o incluso en declive. Este es el terreno fértil sobre el que se nutren los movimientos que defienden la identidad nacional y apelan al Estado para que los proteja de los fuertes vientos de la competencia internacional, a los que no tienen medios para enfrentar.

 

Paradójicamente, la pandemia refuerza ambos tipos de capitalismo. El capitalismo de la información transnacional ha dominado durante mucho tiempo el comercio electrónico, en el que construyó un sistema logístico bien establecido y el teletrabajo. La distancia física está en el centro de su modelo de producción, y las medidas de contención le permiten ganar clientes rápidamente, desarrollar nuevas aplicaciones para la medicina, la educación a distancia y las reuniones de trabajo. Los inversores ven la información y la investigación médica como los pocos sectores que están emergiendo con más fuerza de la pandemia.

 

En el terreno ideológico, los gobiernos calificados de “populistas” están ganando terreno, ya que la amenaza de un virus de otros lugares justifica el control de fronteras, la defensa de la soberanía nacional y el fortalecimiento del Estado en el ámbito económico. El capitalismo de Estado no pretende competir con el capitalismo transnacional, sino simplemente afirmar la soberanía económica, incluso si se adquiere a expensas del nivel de vida. Los gobiernos pueden contar con China para contener al Gafam (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), de modo que sea posible compartir el espacio global entre dos esferas de influencia, sin que necesariamente implique la victoria de una sobre la otra.

 

En este clima sombrío, los conflictos sociales, que no se han superado en el pasado reciente, corren peligro de resurgir, sobre todo porque los puestos de trabajo destruidos pueden ser más numerosos que los creados en los sectores del futuro. En el capitalismo, un régimen socioeconómico solo es viable si se sustenta en un compromiso fundacional que organice la arquitectura institucional - en particular la de la relación salarial y la competencia -, para orientar la acumulación y canalizar el conflicto entre capital y trabajo. La polarización de las sociedades dificulta enormemente este ejercicio, pero sería una ilusión pensar que medidas puramente técnicas, por innovadoras que sean, pueden reemplazar el papel de la política en la construcción de nuevos compromisos.

 

Construye nuevos compromisos

 

Dado que sería inútil buscar una predicción en un determinismo tecnológico o económico, ¿por qué no imaginar cómo las fuerzas que actúan en las sociedades post-Covid-19 podrían conducir a configuraciones con cierta coherencia?

 

Un primer futuro podría resultar de una alianza entre las técnicas digitales y los avances en biología, dando lugar a una sociedad de vigilancia generalizada que instituye y hace posible una polarización entre un pequeño número de personas adineradas y una masa de sujetos que se vuelven impotentes al abandonar el ideal. democrático.

 

El segundo futuro puede resultar del colapso de una sociedad como esta. El desplazamiento de las relaciones internacionales y la falta de lucha contra la pandemia por medios puramente médicos (tratamientos, vacunas o lo contrario de la obtención de inmunidad colectiva) muestran la necesidad de un estado social que se convierta en tutor de una democracia extendida a la economía. Y que, ante amenazas a la salud, actúa para fortalecer todas las instituciones necesarias para la salud pública y ve la educación, el estilo de vida y la cultura como aportes al bienestar de la población.

 

El éxito de un número cada vez mayor de experiencias nacionales podría eventualmente hacer posible, al final, construir un régimen internacional centrado en bienes públicos globales y bienes "comunes" sin los cuales los regímenes nacionales no pueden prosperar: régimen de comercio transnacional, estabilidad financiera , salud pública, sostenibilidad ecológica. Piense en el liderazgo de los países escandinavos, cuyo capitalismo de inspiración socialdemócrata favorece la inversión en servicios públicos esenciales y la consideración de los imperativos ambientales.

 

La historia se encargará de invalidar o no estas dos visiones, y de sorprendernos, como hizo Covid-19.

 

- Robert Boyer es director de investigación del CNRS en la École normale supérieure (Francia). Autor, entre otros libros, de Teoría de la regulación: fundamentos (Estação Liberdade).

 

Traducción: Fernando Lima das Neves.

 

Publicado originalmente en el periódico Le Monde diplomatique .

 

[1] Véase: Frédéric Lemaire y Dominique Plihon, “Le poison des taux d'intérêt négatifs”, Le Monde diplomatique, noviembre de 2019.

 

29/11/2020

https://aterraeredonda.com.br/uma-pandemia-dois-futuros/

 

 

https://www.alainet.org/es/node/209980

Con pandemia y sin Maradona, el primer año de Alberto

 

Con pandemia y sin Maradona, el primer año de Alberto

30/11/2020
  • Español
  • Opinión
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Foto: https://la100.cienradios.com

La despedida del querido futbolista coronó un año signado por las oscilaciones del gobierno en la gestión de la economía y la pandemia. El oficialismo se ubica en el cuadrante más conservador del progresismo frente a la derecha destituyente, en un marco de infrecuente desmovilización. La nueva oleada de rebeliones en América Latina impacta sobre el país facilitando el despegue de un proyecto popular.

 

El fallecimiento de Maradona añadió otro pesar a un año signado por la pandemia. Argentina quedó enlutada por la partida de un ídolo de multitudes. Con cualquiera de sus apodos -pelusa, cebollita, barrilete cósmico, mano de Dios- el gran futbolista derramó felicidad en un país agobiado por el autoritarismo, la frustración y el empobrecimiento. No importa lo que hizo con su vida, sino cómo transformó la existencia de sus compatriotas.

 

Maradona fue un mito viviente que traspasó las fronteras. Era la principal figura identificada con Argentina en cualquier rincón del planeta. Esa inconmensurable fama fue la pesadilla de su trayectoria, desgarrada por escándalos, fortunas, drogas y tomentosas familias.

 

El genio de la pelota trató con presidentes, multimillonarios y capo-mafias sin abandonar nunca su origen de carencias. Siempre supo de dónde venía. Fue un deportista comprometido con los oprimidos que reivindicó las causas populares desde su mágico vínculo con el balón.

 

Diego se tatuó al Che Guevara para transmitir un mensaje de crítica a las injusticias y desigualdades. Mantuvo una estrecha relación con Fidel y realizó en Cuba un largo tratamiento de desintoxicación. Asumió con fervor la identidad latinoamericana y exhibió con orgullo sus vínculos con Chávez y Evo. Tuvo un rol protagónico en la memorable cumbre de Mar del Plata que rechazó el ALCA.

 

En el sofocante clima generado de la restauración conservadora denunció el golpe en Bolivia y defendió a Venezuela contra las conspiraciones del imperio. Siempre estuvo con Madres y Abuelas participando en las campañas de recuperación de los hijos de desaparecidos. En su último mensaje de apoyo al impuesto a las grandes fortunas descargó furibundas críticas a Macri.

 

Los poderosos nunca le perdonaron esa rebeldía y arremetieron contra sus incontables contradicciones y flaquezas. No olvidaron sus denuncias del negocio del fútbol y sus cuestionamientos a la insensibilidad del Vaticano. En Argentina lo identificaron con todas las desgracias del país y esas tensiones afloraron en un caótico velatorio, que no diluyó el último adiós a una figura tan querida.

 

 

 

Ambivalencias con la salud y la economía

 

El final de Maradona coincidió con el cierre del primer año de Fernández, que asumió el manejo de un país agobiado por décadas de primarización, endeudamiento y precarización. Alberto afrontó de entrada la durísima carga legada por el vaciamiento financiero perpetrado por Macri. Imaginaba para esa adversidad un remedio similar al aplicado por el kirchnerismo durante la década pasada.

 

Concibió introducir mejoras populares, sin cuestionar los privilegios de la minoría que lucra con la actual estructura regresiva y dependiente. Pero afrontó la inesperada desgracia del coronavirus, en un marco de furibunda agresión de la derecha. Todas sus respuestas a ese doble desafío han estado signadas por el vaivén y la indefinición.

 

El gobierno intentó gestionar la pandemia con iniciativas progresistas. Propició la protección sanitaria con la cuarentena y una acelerada inversión en camas y hospitales, para evitar la saturación de las terapias intensivas. De esa forma logró sortear el tremendo drama atravesado por Ecuador, Perú o Brasil. No hubo muertos en las calles, sepulturas colectivas, ni venta de oxígeno a los desesperados. Esa activa intervención inicial alineó a todo el espectro político con la emergencia, revitalizó la auto-estima nacional y generó mayor conciencia de los peligros de la infección.

 

Pero esos promisorios resultados duraron poco y el operativo sanitario quedó erosionado por la expansión de la pandemia. El resguardo se diluyó, la enfermedad se descontroló y el número de víctimas escaló en forma vertiginosa. Argentina ya se ubica entre los países con más contagios y promedios de fallecidos.

 

Nadie ha ofrecido hasta ahora una explicación satisfactoria de ese desenlace. En países comparables -que generalizaron los testeos en forma más amplia que Argentina- el porcentaje de decesos fue semejante. Lo único evidente ha sido la disolución de las normas de cuidado, bajo la incansable campaña de erosión que motorizó la derecha.

 

El discurso negacionista y los mensajes anticuarentena socavaron primero la contención de la pandemia en los grandes centros urbanos. Posteriormente facilitaron la propagación de la infección en el interior. El gobierno se manejó a tumbos y sin responder a ese sabotaje.

 

La segunda ola actualmente en curso en el hemisferio norte ha dejado sin argumentos a los derechistas. Las cuarentenas reaparecen en Europa y el desastre legado por Trump en Estados Unidos ilustra las consecuencias de obstruir las restricciones. En este marco la proximidad de la vacuna le permite al gobierno retomar la iniciativa. Pero ese impulso exigirá eficacia en el monumental operativo de inmunizar al grueso de la población.

 

El resultado de esa acción incidirá, a su vez, en el clima económico imperante. También en este campo el gobierno ha navegado entre dos aguas. Durante varios meses esperó retomar el crecimiento por el simple efecto de un arreglo de la deuda. Ese acuerdo fue alcanzado con los acreedores, pero no contuvo el desmoronamiento del nivel de actividad, ni suscitó la prometida “confianza” de los mercados.

 

Como todos sus pares de la región Alberto intentó contrarrestar el Gran Confinamiento con la expansión del gasto público. Mediante ese auxilio evitó una retracción que habría duplicado la caída del PBI. La crisis igualmente potenció el quebranto fiscal, el desplome de la recaudación y un desbarranque mayúsculo de la producción.

 

La derecha aprovechó este colapso para doblarle el brazo al gobierno. Primero forzó la renuncia a la expropiación de Vicentin y aseguró la impunidad de los vaciadores, que ya desguazan la compañía para entregarla a un pulpo foráneo. El mismo tipo de concesiones lograron los fondos de inversión. Esperando alguna tregua de los financistas, Guzmán remató las escasas divisas disponibles en pagos de la deuda pública y privada.

 

Este adverso camino quedaría convalidado en la negociación con FMI, para posponer las erogaciones que legitiman el mayor fraude de la historia. La imaginaria benevolencia del Fondo no se verifica en esas tratativas. El Fondo exige recortes en el gasto social, que ya se verifican en la nueva fórmula de ajuste a la movilidad jubilatoria. Se elimina la incidencia de la inflación cuando el reconocimiento de esa variable permitía recuperar parte de lo perdido en los últimos tres años.

 

Pero Fernández no acepta la mega-devaluación que exige el establishment. Sabe que en un escenario social semejante al 2001 -con la mitad de población bordeando la pobreza- esa decisión conduciría al precipicio. El gobierno resiste la presión de los banqueros sin confrontar con el acoso cambiario que imponen al país.

 

Alberto busca también contrapesos a ese ahogo con el impuesto a las grandes fortunas, que llegó tarde y con alcances limitados pero con una nítida impronta progresista. Ese gravamen constituye un precedente de progresividad para futuros cambios en la recaudación y aporta recursos a varios proyectos populares.

 

El gobierno tolera la inflación y el deterioro del salario, pero ensaya atenuantes con bonos e incrementos en la tarjeta de los alimentos. Mientras recorta el IFE prorroga limitadamente los ATP. Descongela las tarifas con auxilios a los usuarios más empobrecidos y permite la expansión de los despidos que formalmente prohíbe.

 

En este mar de oscilaciones Fernández no implementa el ajuste, ni la redistribución. Pretende transitar por un camino intermedio pero potencia la agonía de la economía. No satisface las necesidades populares y tampoco avala las exigencias de los poderosos. Por un lado soslaya medidas de disciplina cambiaria y freno a la carestía y por otra parte resiste el maximalismo de la derecha. Con emisión, recortes de gasto y un nuevo endeudamiento va tirando a la espera del rebote económico del 2021.

 

Un perfil conservador dentro del progresismo

 

También la acción política del Albertismo está regida por la oscilación. Durante gran parte del año aceptó la agenda de la derecha, con la esperanza de apaciguar a los odiadores seriales que dominan las pantallas de televisión. Recurrió al discurso institucionalista y ofreció la otra mejilla, esperando alguna respuesta “civilizada” de sus oponentes. Pero esa conciliación envalentonó a la oposición y desmoralizó al oficialismo.

 

El desalojo de Guernica fue el punto culminante de ese sometimiento gubernamental a los poderosos. Los funcionarios cortaron las negociaciones para perpetrar el operativo de fuerza exigido por el establishment. Adoptaron esa decisión de clase apaleando a los pobres y bendiciendo a los enriquecidos.

 

La incursión se consumó con gases lacrimógenos y destrucción de modestas casillas. Se tumbó el refugio de quienes sólo demandan una tierra para vivir. El gobierno no adoptó la misma actitud con el apropiador ilegal extranjero John Lewis en el Lago Escondido. Limpió con gendarmes un terreno de Guernica que ha sido sospechosamente adquirido por un ex funcionario de Videla.

 

Berni puso en práctica sus mensajes de brutalidad, desplegando el macartismo y una infame campaña de mentiras. Recibió el explícito aval de todos los medios, que suspendieron la grieta para difundir esas falsedades.

 

En vez de reconocer la desesperada búsqueda de un techo, el gobierno criminalizó la demanda social y culpabilizó a las víctimas por sus carencias. Esa violencia estatal ha generado serias dudas sobre el perfil del oficialismo, pero el operativo fue una acción acotada que no inaugura un giro represivo o un curso de menemización.

 

Lo sucedido en Guernica se inscribe más bien en el tipo de atropellos que ya se registraron en forma puntual bajo el kirchnerismo. No modifican la naturaleza de un gobierno que en las últimas semanas ha propiciado iniciativas tan progresistas como el impuesto a las grandes fortunas, la ley de fuego y el tratamiento del aborto.

 

El impulso oficial de esa histórica demanda del movimiento feminista puede desembocar en su aprobación. Por primera vez en mucho tiempo se han reunido las condiciones para conquistar esa ansiada meta. Para lograrlo habrá que recuperar la movilización callejera.

 

Los vaivenes del gobierno han prevalecido también en la política exterior. La equidistante estrategia inicial de apuntalar el Grupo de Puebla fue seguida con cambiantes guiños hacia todos los públicos. La principal ofrenda a la derecha fue la condena a Venezuela, aceptando un informe sesgado de Bachelet que desconoce la existencia de las mismas irregularidades en los países que votaron la sanción.

 

Alberto avaló los cuestionamientos al gobierno bolivariano para buscar un sostén del Departamento de Estado en las negociaciones con el FMI. Argentina podía sumase a la abstención de México, pero optó por los consejos de Massa y la renuncia de Alicia Castro.

 

Fernández atemperó inmediatamente esa decisión con el rechazo a desconocer las próximas elecciones de Venezuela. Posteriormente acentuó el alejamiento del Grupo de Lima, participando activamente en el regreso de Evo a Bolivia. Conviene recordar que en pleno golpe de estado, el presidente argentino le salvó la vida a su par del Altiplano, mediante un riesgoso operativo de auxilio internacional.

 

Frente a conductas tan cambiantes: ¿cómo debería caracterizarse al gobierno actual? Es evidente que no comparte el signo derechista de su antecesor y que transita por sendero muy distante de la radicalidad de Evo o Chávez. Es afín al rumbo que inauguraron Néstor y Cristina, pero en un contexto económico-social muy diferente. Por el momento Alberto se ubica en el cuadrante más moderado del progresismo.

 

Nadie sabe qué tipo de peronismo prevalecerá con Fernández. El justicialismo incluyó históricamente variantes de nacionalismo con reformas sociales, virulencia derechista, virajes neoliberales y rumbos reformistas. Menem y Kirchner fueron los exponentes más llamativos de ese pragmatismo, que aún no maduró una modalidad singular en Alberto.

 

El oficialismo continúa albergando a una coalición de figuras derechistas y activos militantes de movimientos populares. Ese entramado ha coexistido bajo la ambivalente y pasiva conducción presidencial. Pero ya se observan indicios de una estrategia más activa que el simple aguante hasta las elecciones. El oficialismo se aleja de la resignación que sepultó a Dilma en Brasil y de la traición que desbarrancó a Lenin Moreno en Ecuador.

 

Destituyentes y desmovilización popular

 

El rumbo del gobierno tiende a definirse por su conducta frente a las provocaciones de la derecha. Durante la mayor parte del año la oposición estuvo comandada por los sectores que propician acciones destituyentes. Con ese objetivo desestabilizador enervaron a su base social buscando instalar una agenda de caos.

 

La embestida fue incansable durante la pandemia. Los responsables de la degradación del Ministerio de Salud acusaron al gobierno de imprevisión. Subrayaron ineficiencias sin ofrecer alternativas y omitieron la afinidad con el oficialismo en sus gestiones provinciales. Frente a la proximidad de la vacuna tantean nuevas opciones de desánimo (“nada funcionará”, “la aplicación rusa es peligrosa”, “hay corrupción en las compras”), pero ya chocan con la generalizada esperanza de superar la infección.

 

La derecha no se limitó a denunciar la "infectadura". Convocó marchas anti-todo para cuestionar la cuarentena, la falta de seguridad y la reforma judicial. Aglutinó una amplia variedad de energúmenos e intentó deslegitimar el Parlamento, para judicializar su funcionamiento y poner en duda los comicios. Trató también de voltear la reforma judicial para proteger los desfalcos de Macri y apuntalar un eventual poder sustituto del Ejecutivo. Fomentó, además, la rebelión policial a través de la red de exonerados y retirados que administra los negocios de la Bonaerense.

 

Pero su carta predilecta ha sido la erosión de la economía. Incentivó el terrorismo de mercado, el temblor del dólar y el pánico de los pequeños ahorristas. Sugirió incluso que el Banco Central se apropiaría de los depósitos en divisas para resucitar la pesadilla del corralito entre la empobrecida clase media.

 

La derecha ha impuesto un clima de aturdimiento neoliberal cotidiano con las mentiras que difunden los principales medios de comunicación. Falsea una y otra vez el contenido del impuesto a las grandes fortunas, afirmando que penalizará a la clase media cuando sólo afecta a menos de 10.000 personas. También despotrica contra un ajuste que atribuye al gobierno y que en los hechos siempre ha propiciado. Para socavar a su adversario se indigna con sus propias propuestas.

 

Pero los destituyentes afrontan serios límites para lograr sus objetivos. La marginalidad política del ejército les impide concebir el golpe militar que consumaron en Bolivia y el desprestigio del poder judicial anula el protagonismo que tuvieron los tribunales en Brasil. En el Congreso sólo pueden obstruir algunas leyes. Han logrado una inédita irrupción en las calles, pero los banderazos sin norte se desgastan y ya son minoritarios.

 

El bloque reaccionario afronta, además, una seria crisis de liderazgo interno. El generalizado rechazo al parásito que ocupó la presidencia, quedó consolidado durante su paseo por Europa durante la pandemia. La disputa entre halcones (Macri, Bullrich) y palomas (Carrio, Larreta, Vidal) retrata los temores que suscita la próxima ronda electoral. Esa falta de cohesión incentiva el protagonismo de los delirantes que dividirán el voto opositor (Espert, Milei).

 

Los resquemores dentro de las propias filas derechistas aumentan también con los insultos a los docentes. Sólo a una tilinga el PRO puede presentar a los maestros como una subclase de pobres, viejos, zurdos y fracasados. Sin el sostén ideológico de loa grandes medios de comunicación, los desvaríos elitistas de la derecha afrontarían repudios de mayor porte.

 

El lugar protagónico que ocupó todo el espectro de conservadores y reaccionarios se explica también por la infrecuente desmovilización popular que imperó durante el año. La pandemia afectó a los sindicatos, en un marco de gran retracción de las luchas y demandas de las organizaciones sociales. La infección desarticuló el funcionamiento de esos movimientos, obstruyó la deliberación, impidió las asambleas y acotó las manifestaciones. En este escenario la CGT y la UIA acordaron rebajas salariales del 25%.

 

Por primera vez en mucho tiempo también el gobierno en funciones pudo desembarazarse de la presión directa que impone la movilización social. Si ese dato se revierte el panorama político mutará en forma súbita.

 

El viraje en América Latina

 

El clima regional de restauración conservadora que rodeó la asunción de Fernández ha cambiado abruptamente en los últimos dos meses. Ese giro comenzó con el arrollador triunfo del MAS en Bolivia que superó la elección precedente de Evo. Los 20 puntos de diferencia confirmaron que el mismo triunfo se habría verificado frente a una candidatura unificada de la derecha. El golpe militar ha quedado revertido en forma fulminante y el retorno del gobierno derrocado se consumó en tiempo récord.

 

La contundencia de la victoria electoral impidió el fraude o desconocimiento de los comicios. Tampoco prosperó la amenaza de balcanizar el país con maniobras de los fascistas santacruceños. La dictadura quedó fagocitada por su desastrosa gestión de la pandemia y por un festival de corrupción que enfureció a la clase media. El arrollador triunfo en las urnas fue a su vez el resultado directo de una gran batalla en las rutas. El ejército no se atrevió a reprimir los masivos bloqueos que impusieron la realización de los comicios.

 

Nuevamente quedó confirmada la enorme capacidad articuladora del MAS, que centraliza una coalición de movimientos de lucha directa y acción electoral. La derecha no pudo destruir ese archipiélago de organizaciones sociales, que mantuvo su presencia legislativa mayoritaria en medio del terror golpista. Una nueva generación de dirigentes accede ahora a la conducción del gobierno, en el clima de euforia observado durante la masiva recepción a Evo.

 

Los golpistas no sólo escapan en forma desbandada. El enjuiciamiento de los responsables de las masacres comienza a revertir el escenario de lawfare contra el progresismo. La verdadera justicia retorna a Latinoamérica.

 

El segundo epicentro de la transformación en curso se localiza en Chile. El resultado de la consulta sobre la Constitución fue tan impactante como el festejo popular. Esa victoria es una consecuencia directa de las movilizaciones que persistieron en la adversidad de la pandemia. La infección no disuadió la continuada presencia de los militantes en las calles y la consiguiente conquista de varios logros que anticiparon el éxito de la consulta (retiro del 10% de fondos de las AFP, prohibición de la suspensión de los servicios de luz).

 

Los jóvenes fueron los principales artífices de la victoria, en un plebiscito que alcanzó el 80- 90% de aprobación en las comunas populares. Ese triunfo ha costado decenas de muertos, centenares de mutilaciones y miles de atropellos cometidos por gendarmes, que dispararon a los ojos y lanzaron jóvenes al río. Chile ha despertado definitivamente con manifestantes decididos a enterrar el legado del pinochetismo. Ya empiezan a vislumbrarse los resultados de la larga lucha que iniciaron los pingüinos (2006), continuaron los estudiantes (2011) y coronó toda la población en la insurrección social cotidiana del último año.

 

Ahora se abre el camino para desmontar las trampas que obstruyen la instalación de la Constituyente soberana y democrática, que sepultará el régimen neoliberal de desigualdad, educación privada y endeudamiento familiar.

 

La tercera pieza del nuevo panorama regional se sitúa en Perú. Un estallido espontáneo y masivo de descontento impuso la fulminante renuncia del represor Merino. También allí los jóvenes convocados por las redes sociales fueron protagonistas de la sublevación contra el régimen instaurado en 1992. Ese sistema aseguró la continuidad económica del neoliberalismo, mediante una expeditiva rotación de presidentes desplazados por el Parlamento.

 

Todas las falacias del crecimiento y la inversión peruanos salieron a flote durante la pandemia. Se verificó la magnitud de la precariedad laboral, en el país que exhibe la mayor letalidad del planeta. La indignación popular estalló contra los fujimoristas, liberales y apristas que han disputado en forma despiadada la torta de los desfalcos. La descarnada codicia empujó a cinco presidentes a la cárcel y a uno al suicidio.

 

Durante varios días se vivió en Perú un escenario parecido al 2001 de Argentina. La demolición final de la presidencia fue precipitada por el asesinato de dos estudiantes. Pero al igual que en Chile la demanda de una Asamblea Constituyente empuja ahora al fin de un régimen, que comenzará a naufragar en las elecciones del próximo año.

 

Las tres grandes irrupciones populares de la región han apuntalado también las movilizaciones en Colombia, que retoma la interrumpida revuelta del 2019. Las protestas se extienden contra el terrorismo de estado de los grupos paramilitares que en el curso de este año ultimaron a 225 militantes.

 

El polvorín latinoamericano también impactó sobre Guatemala, que fue sacudida por multitudinarias protestas contra el recorte de las partidas sociales del presupuesto. En todos los rincones del hemisferio emerge la misma indignación callejera contenida durante la pandemia.

 

Este nuevo clima de la región también se observó en la derrota sufrida por el Bolsonarismo en las elecciones provinciales. La demagogia asistencialista del alocado mandatario no dio resultado y sus candidatos fueron aplastados, creando un nuevo marco para el desplazamiento del ex capitán. Ese viraje es apuntalado por la recuperación de la izquierda, bajo el nuevo liderazgo de jóvenes, movimientos sociales y partidos radicalizados (como el PSOL) que convergen con la continuada gravitación de Lula y el PT.

 

En este escenario las agresiones imperiales afrontan serios escollos. La derrota de Trump (y la consiguiente eyección de la ultraderecha) ponen en aprietos a muchos conspiradores. El escandaloso proceso electoral de Estados Unidos reduce los márgenes del Departamento de Estado para impugnar los comicios en los países hostilizados. A la OEA no le resultará sencillo objetar esta vez las elecciones de Venezuela.

 

La actual secuela de alzamientos populares en América Latina podría marcar el reinicio de la oleada de rebeliones registrada a principio del milenio. La pandemia está detonando ese mismo tipo de levantamientos. Bolivia repite su protagonismo, mientras que Chile o Perú comienzan a ocupar el lugar que hace dos décadas tuvieron Ecuador, Argentina y Venezuela. Se aproxima un nuevo capítulo del ciclo progresista.

 

Los efectos sobre Argentina

 

Las victorias populares en la región propinan un golpe demoledor a la restauración conservadora. Piñera gestiona en soledad, los funcionarios de Añez huyen para eludir los tribunales, Uribe pasó varias semanas en prisión domiciliaria, Lenin Moreno sobrevive en un tobogán descendente y Guaidó se ha quedado sin cómplices. Este generalizado retroceso de los figurones de la reacción socava drásticamente los proyectos destitúyanles en Argentina. Macri y Bullrich pierden aliados y comienzan a enfrentar un contexto adverso.

 

Pero el principal efecto de las rebeliones latinoamericanas se verifica en el movimiento social. Los éxitos obtenidos en países tan próximos incentivan en Argentina la recuperación de la movilización por abajo. Perú, Bolivia y Chile han demostrado cómo obtener victorias en las calles.

 

Durante el 2020 ese ámbito de confrontación directa sólo estuvo ocupado en el país por los banderazos de la derecha y las respuestas del peronismo (17 de octubre, homenajes a Néstor Kirchner). Se impone retomar ahora las movilizaciones por demandas sociales y democráticas.

 

Argentina continúa careciendo de una referencia efectiva de la izquierda para apuntalar esos logros y avanzar en la construcción del proyecto alternativo. Ese objetivo afronta actualmente dos obstáculos simétricos. Por un lado, existe una fuerte tendencia a la subordinación al gobierno con la consiguiente justificación de lo inadmisible. Mantenerse en silencio frente al desalojo de Guernica o convalidar el recorte de las jubilaciones (con disparatados argumentos de irrelevancia de la inflación) constituyen ejemplos de esa actitud.

 

En el flanco opuesto se ubica la estrechez sectaria. Su manifestación más reciente ha sido propiciar la abstención en el Parlamento frente al impuesto a las grandes fortunas a fin de “no encubrir el ajuste”. Con ese criterio habría que rehuir todos los logros democráticos y mejoras sociales. Bajo la administración capitalista del estado esos avances son siempre insuficientes y es equivocado desconocerlos argumentando que “encubren” la continuidad de la opresión.

 

Conviene también recordar que las propias conquistas obtenidas por la izquierda involucran la implícita aceptación de otros males y ese dato no invalida lo conseguido. Estas disyuntivas reaparecen frente al inminente tratamiento del aborto. ¿Habrá que abstenerse y presentar un proyecto propio también este caso para “no enmascarar el ajuste”?

 

En el escenario actual resulta indispensable distinguir las vetas conservadoras de las iniciativas progresistas del gobierno. La construcción política de la izquierda sólo puede prosperar, combinando ese reconocimiento con el impulso de todas las iniciativas de movilización.

 

Son tan valiosos los movimientos que no bajan sus banderas (asamblea de auto-convocatoria de la deuda externa), como las novedosas experiencias producción agraria cooperativa que confrontan con los poderosos (proyecto Artigas de Entre Ríos). Con diversas acciones para apuntalar la redistribución del ingreso se irá moldeando el proyecto popular que necesita el país.

 

 

29-11-2020.

 

Claudio Katz

Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/209990