EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

viernes, 23 de octubre de 2020

In memorian: Paul Leduc 1942-2020

 Paul Leduc 1942-2020

C

uántos amigos han muerto durante estos meses. Paul tenía como gesto de afecto hablar de usted a las personas que le interesaban o quería. Pero ese guiño de aproximación encerraba a la vez picardía, pues, educado de modo bicultural, utilizaba la ironía anglófona de modo pródigo y a veces hasta cruel. Podía vivir etapas malhumorado. Era un ser pintoresco, de porte descuidado y antisolemne. Había, sin duda, que entenderlo.

Hijo único del matrimonio formado por el arquitecto y militante comunista Carlos Leduc y, la también integrante del PC, Sonia Rosenzweig, fue un niño solitario que llenó su mundo con fantasías. Escuchó hablar de las hazañas de muchos izquierdistas mexicanos y estadunidenses. Entró, por influencia de su padre, a estudiar arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero los cineclubes lo entusiasmaban más que las estructuras y dibujar proyectos hasta altas horas de la noche. De la organización de ciclos de cine pasó a los coloquios. Coincidió, a los 17 años, con Eugenia Huerta en las sesiones del Cine Debate de la universidad y en el café de Filosofía y Letras. Obviamente, reventó en la carrera que cursaba al otro lado del campus. Me volví un inútil, decía sonriendo. Si de desvelarse se trataba, prefería que le contaran historias a oscuras en una sala. Ver y escuchar esas fantasías lo hacían feliz. De esa época Sergio Pitol dejó una mención sobre ese joven ocioso e improductivo en El arte de la fuga, al lado de Carlos Monsiváis, Emilio García Riera y tantos otros miembros del grupo Nuevo Cine. Su padre lo apoyó para obtener en 1965 una beca con la cual estudiar en el Institute d’Hautes Études Cinematographiques de Paris. Volvió para ser testigo del movimiento estudiantil durante 1968. Contaba que gracias al Güero, Alberto Isaac, no asistió al mitin del 2 de octubre, pues éste lo acuarteló. Después vinieron sus películas: Reed, México insurgente (1973), Etnocidio: notas sobre el mezquital (1976); Frida, naturaleza viva (1984); ¿Cómo ves? (1986), y muchas más. Las fantasías y las historias llenaron su vida. Durante los años 80 y dado lo difícil que le empezó a resultar levantar una película, descubrió las computadoras y se interesó en la animación. Produjo entonces memorables videos y cedés como Las coplas de los animales (1995), que actualizó posteriormente y donde Cecilia Toussaint cantó versos antiguos que hicieron felices a ciertos millennials.

El afecto que le profesé a su padre hizo que al morir éste, en 2002, nos acercara. Conversamos muchísimo. Me explicó que al nacer, sus progenitores no teniendo a mano una mejor opción, decidieron pedirle a un arquitecto suizo radicado entonces en México que fuera el testigo en su acta de nacimiento y, a la postre, ese mismo sujeto se volvió, oiga usted, mi padrino. El susodicho era ni más ni menos que Hannes Meyer, el legendario director comunista de la Bauhaus de Dessau.

Entre helados de Roxy a los que añadía tequila y los licuaba (tres eran suficientes), hablando de Teresa Proenza, cierto día me platicó que en 1961, durante la invasión a Bahía de Cochinos, intentó enlistarse como combatiente, pero la fortuna hizo que no lo aceptaran, pues no sabía cargar un fusil, ya no digas dispararlo. Me habló de la fundación de la Escuela de Cine en San Antonio de los Baños y de cómo intentó, contradiciendo a Gabriel García Márquez, persuadir al comandante Fidel Castro de que abrieran ese centro de enseñanza en La Habana.

Fue muy generoso conmigo cuando escribí el libro sobre su padre que publicó la Facultad de Arquitectura de la UNAM, Carlos Leduc: vida y obra (2004), y después cuando hicimos su exposición en el Museo Nacional de Arquitectura del Instituto Nacional de Bellas Artes, en 2018. A últimas fechas, entrecerrando los ojos y sonriendo, me contó, mientras bebíamos vino tinto, de la fantasía infantil que tenía de retirarse a vivir a Río de Janeiro para abrir allá un bar, pero, oiga usted, Rubem Fonseca murió y ya no contamos con él para esa aventura. Muchos vamos a extrañar su ironía, picardía y antisolemnidad. Cuántos amigos se han ido en estos meses.

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