EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

martes, 16 de febrero de 2016

El Papa en el infierno mexicano

El Papa en el infierno mexicano Víctor M. Toledo
H uele a azufre. Esta frase probablemente apareció en la mente del Papa cuando descendió de la aeronave que lo llevó a la Ciudad de México. Casi al unísono, decenas, quizás cientos de ángeles y arcángeles salieron volando sigilosamente por encima de él huyendo de las ceremonias y los protocolos convertidos en espectáculo. Si en alguna parte del planeta retumban juntos el grito de la Tierra y el grito de los pobres, los dos reclamos que el papa Francisco ha instituido como los dos retos principales que la Iglesia debe atender, eso es en México. Y eso lo enfrenta inexorablemente con las élites políticas, económicas y eclesiásticas que han convertido al país en un infierno. Ahí están las cifras de la tragedia reverberando la visita: 164 mil asesinados, 27 mil desaparecidos, decenas de periodistas amenazados o eliminados, 9 millones de jóvenes sin trabajo ni escuela. Por ello el recibimiento que las élites político-económicas y eclesiásticas le hicieron a un papa que busca renovación, decencia y un retorno al evangelio social, como medida para sacar a la Iglesia católica de su crisis, fue más que significativa. Ahí estaban esperándole diablos bien conocidos, demonios disfrazados, luciferes impecablemente vestidos y perfumados. Ante el Papa desfilaron los miembros del gabinete del gobierno federal, que si se mira bien es un mosaico de pecadores: sátrapas, mareados del poder, cómplices de mercaderes, encubridores, delincuentes, corruptos, traidoras a sus ideales, terratenientes, egoístas supinos, y junto a ellos los gobernadores soberbios e inmorales. No menos sucedió con los jerarcas de la Iglesia mexicana, donde abundan enemigos ocultos de la renovación impulsada por el santo padre. En el espectáculo, aun la primera ruptura del protocolo fue un encuentro planeado con el grupo de los cantantes de Televisa organizados por la esposa del Presidente. ¿Se puede estar con la naturaleza y con los pobres departiendo con los demonios que mantienen el infierno? ¿No pierde esta Iglesia renovadora al aceptar los espectáculos preparados temerariamente por el poder que oprime y que convalida la doble explotación? ¿No se deslegitima la Iglesia concediendo tanto a los que los ciudadanos saben son los que mantienen las llamas y los sacrificios? ¿Son suficientes las palabras? La imagen de un presidente ilegítimo, corrupto, represor, encubridor de delincuentes, y probable receptor de dineros de procedencia ilícita, tomando misa y recibiendo la hostia como una santa oveja, es uno de los actos más deleznables de la mutua concesión Iglesia/Estado. El cinismo presidencial convalidado en la propia casa de Dios. La expresión televisada del viejo apotegma la religión es el opio del pueblo. ¿Qué puede confesar un ser humano cuyo gobierno envía a la pobreza a 4 mil mexicanos cada día? ¿ Cómo puede considerarse cristiano quien permite y auspicia la agresión de la naturaleza por el capital corporativo en 420 sitios de la República? ¿Qué párroco le puede perdonar eso y mucho más? ¿Cuánto pagó EPN para lograr la anuencia de recibir la sagrada hostia? ¿No se corrompe todo? Otra cosa fue la misa indígena en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas; el antiguo catolicismo, pétreo, enmohecido, eurocéntrico y distante por las baldosas de su propia historia, se vio legítimamente rejuvenecido por la voz de los pueblos originarios. La enorme fuerza de la liturgia híbrida, los ecos de la espiritualidad mesoamericana en convergencia con un cristianismo tolerante, la alegría de las culturas que viven y se nutren permanentemente del mundo natural dio como resultado una ceremonia encantadora. Ahí, donde la perseguida y amenazada teología autóctona ha trabajado por más de medio siglo, la gente realizó una misa participativa y con el corazón lleno de flores, hizo efectiva por fin una iglesia por la Tierra y por los pobres. Otro asunto es el de la explotación del trabajo de los mexicanos. Aquí aparecen los grandes parásitos, magnates soberbios y opulentos, los de apellido Slim, Bailleres, Salinas, Azcárraga, etcétera, que nunca podrán pasar por el ojo de la aguja, y cuyos emporios reciben el apoyo de los gobiernos neoliberales a través de la infame Comisión de Salarios Mínimos (¿o ínfimos?). En México no todos los pobres son almas excluidas o marginadas, sino fuerza de trabajo puntualmente explotada por las empresas nacionales y multinacionales. La mayoría son trabajadores y sus respectivas familias explotados con el favor de la mayoría de los sindicatos, verdaderas instituciones al servicio de la patronal dirigidas por muy antiguos dirigentes corruptos. La depreciación de los salarios hasta de 70 por ciento, confirma esta otra dimensión del infierno. Ya se verá si el Papa en su homilía en Morelia, tierra tomada por los criminales en contubernio con los gobiernos federal, estatal y municipales, hace alusión a la precaria situación de la Costa y la Tierra Caliente michoacanas, y especialmente a los 383 presos políticos encabezados por el doctor José Manuel Mireles. Si es congruente, debe su palabra tocar el tema de las autodefensas, que es un mecanismo legítimo de los ciudadanos para garantizar su vida ante la inmovilidad y complicidad del Estado. Ello le llevará a señalar a las policías comunitarias de Guerrero y al caso emblemático de Nestora Salgado, y de la de decenas de presos políticos en ese estado y en Puebla, Veracruz, Quintana Roo y Morelos. ¡Y todo ello, de manera natural, a los 43! La palabra del pontífice está cimbrando. Pero por más que sea directa y no tanto metafórica, por más que se diga de manera oportuna y cuidadosa, no será suficiente si no va acompañada, en el futuro inmediato, por acciones concretas del Vaticano con sus aliados de todos los ámbitos y, especialmente, en plena solidaridad con las grandes mayorías, con los defensores de sus vidas y de la vida toda. Eso, requerirá de autocrítica. Subir al inicio del texto

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