EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

viernes, 10 de enero de 2020

La decada en que el cambio climatico se hizo realidad

Cambio climático
La década en que el cambio climático se hizo realidad
10/01/2020 | Liza Featherstone
En 2006 y 2007, justo después de que naciera mi hijo, yo solía pasear por el parque con un amigo comunista mucho mayor que yo. Este se dedicaba a entretener a mi bebé echando bellotas a las ardillas y a mantener conmigo una conversación entre adultos que yo necesitaba mucho. Un radical de toda la vida, miembro activo del Gremio Nacional de Abogados y una valiosa fuente de información sobre la revolución en Nepal, mi amigo no mostraba ningún interés al menos por una cuestión: el cambio climático. Él no tenía descendientes, me explicó, y cuando comenzaran a sentirse los problemas, él ya estaría muerto. “Simplemente no me afecta”, dijo.
Prácticamente ninguna persona politizada seria sigue pensando así ahora. La humanidad conoce el fenómeno del calentamiento del planeta a más tardar desde la década de 1980. Sin embargo, ha sido la década de 2010 cuando el cambio climático ha perdido su naturaleza abstracta incluso para quienes vivimos en países ricos. El cambio climático ha pasado del tiempo futuro al tiempo presente. La década de 2010 no ha sido el primer momento en que la humanidad ha experimentado los efectos del calentamiento del planeta. Los pueblos nómadas de todo el continente africano han perdido fuentes de alimentos y de agua, otros han sido masacrados en guerras por los recursos, quienes habitan en el círculo polar ártico se han visto privados cada vez más de animales y peces de los que depende su alimentación, y miles de personas han perdido la vida bajo los efectos del huracán Katrina y otras catástrofes no tan naturales.
Sin embargo, esta década ha sido diferente porque millones de personas con un mayor poder social han comenzado a sufrir los efectos del cambio climático. El huracán Sandy sacudió la ciudad de Nueva York en 2012, causando daños por un coste de casi 70.000 millones de dólares. Como sucede en todas las catástrofes climáticas, los sectores más afectados fueron la gente pobre y los barrios de clase obrera: quienes ocupan una vivienda pública fueron las que más tiempo estuvieron sin suministro eléctrico, y las personas residentes en el modesto barrio de Rockaway todavía están reconstruyendo sus casas. Pero en todo caso golpeó al epicentro del mundo financiero y mediático, llamando la atención voluble y fugaz de las clases dominantes y profesionales. Las olas de calor que se abatieron sobre las capitales europeas a lo largo de la década alarmaron a las sociedades más acomodadas del mundo. El año pasado, los incendios forestales, especialmente en la Amazonia y en California, fueron incluso más aterradores.
La ciencia nos fijó un plazo. En medio de este caos de fin de los tiempos, mucha gente empezó a prestar más atención cuando la ciencia emitió sus advertencias. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIECC) existe desde 1988 y ha publicado numerosos informes en sus más de 30 años de existencia, pero el de este año, que dice que nos quedan doce años para evitar daños irreversibles al planeta, acabó penetrando en la conciencia cultural.
Lo político se volvió personal. Esta ha sido la década en que la gente, y especialmente la gente joven, ha comenzado a tomarse la cuestión personalmente, preguntándose cómo podría afectar el cambio climático a sus vidas. Ante el espectro amenazante de un planeta insoportablemente cálido, mucha gente empezó a preguntarse si valía la pena estudiar, esforzarse por devolver los préstamos para el estudio, fundar una familia y todos los habituales jalones de una vida de clase media que, en cualquier caso, en los EE UU neoliberales, se ha vuelto mucho más difícil de conseguir que lo que debiera ser.
Surgió un movimiento juvenil. Esta ha sido la década en que la gente, y especialmente la gente joven, comenzó a bloquear la construcción de gasoductos, invadir las calles y organizar sentadas en oficinas de personajes políticos, reclamando soluciones a la devastación medioambiental que las clases capitalistas de todo el mundo les han deparado. Desde la juventud indígena en Standing Rock hasta Greta Thunberg delante del parlamento sueco, pasando por Isra Hirsi, la huelga climática juvenil en EE UU y el movimiento Sunrise.
Hasta la clase política tomó nota. Esta ha sido la década en que incluso la clase política establecida y los y las candidatas, al menos las Demócratas, tuvieron que ofrecer un plan para abordar el cambio climático. Una congresista socialista elegida hace poco ha sido la primera política nacional en proponer soluciones a la altura del problema con el Green New Deal. Y como ha observado recientemente Tom Athanasiou en The Nation, Bernie Sanders ha sido el primero en proponer un enfoque internacional realmente viable de la cuestión, según el cual los países ricos asumen la responsabilidad por la parte sustancial que les corresponde en la generación del problema. Vaya diferencia con cuatro años antes: mientras que hasta Sanders apenas hablaba del medioambiente en 2016, en la campaña actual incluso los neoliberales amables se han visto forzados a plantear al menos un plan para abordar el cambio climático (en efecto, para Jay Inslee y Tom Steyer, el cambio climático era la única razón de ser de sus respectivas campañas).
Todo el mundo comenzó a radicalizarse un poco. Esta ha sido también la década en que mucha gente comenzó a comprender que afrontar el cambio climático requiere posicionamientos radicales. El problema no se resuelve simplemente cambiando nuestros hábitos personales –reciclando más, comiendo menos carne–, sino que exige una revisión completa de nuestro sistema económico. El capitalismo verde no basta, pero tampoco basta el socialismo solo. Tenemos que repensarlo todo.
Diversas fuerzas amenazan ahora mismo la supervivencia de millones de personas. Políticos de derechas financiados por la industria que destruye el planeta, y apoyados por medios como Fox News, que creen fervientemente que el cambio climático es un invento de la izquierda o del extranjero, controlan grandes Estados nacionales como el nuestro. Pero incluso en EE UU, según los sondeos de opinión, son muchas más las personas preocupadas por el cambio climático que quienes lo niegan; el problema es que aquellas no saben qué hacer. Tienen que organizarse.
Existe una conciencia climática de tinte apocalíptico que no siempre ayuda. Greta Thunberg dice que quiere meternos miedo, y tiene razón. Pero hemos de tener miedo sin tirarnos de un puente. Estos días vemos a menudo a jóvenes que dicen que “el mundo se acaba” o que “vamos a morir todos”. Esto probablemente no es cierto, al menos no en lo que nos queda de vida. (En el peor de los escenarios de “extinción humana” podrían morir, en efecto, millones de personas, pero hay tanta incertidumbre y todavía queda tanto que podemos hacer para evitarlo.) El apocalipsis, aunque apela a nuestra conciencia, corre el riesgo de nutrir cómodas fantasías de impotencia. Es más probable que sobrevivamos, pero la vida se tornará mucho más complicada, como ya lo es para mucha gente en todo el mundo.
Ningún meteorito gigante nos ahorrará el esfuerzo de tener que imaginar cómo mitigar el cambio climático, ni de cómo ganar el socialismo. De hecho, el proyecto de crear una sociedad más justa y equitativa cobrará más urgencia. Si nos enfrentamos a fuertes tempestades, escasez de alimentos y fenómenos meteorológicos extremos, como cree la ciencia que es probable, no cabe duda de que no podemos tolerar a las elites que atesoran recursos. (Por supuesto, incluso si la humanidad está realmente condenada, menguando, empezando a extinguirse, en nuestros años de agonía necesitaremos el socialismo más que nunca. Como ha dicho recientemente la escritora y activista socialista Tara Rose en Twitter, si perdemos esta lucha por el clima, “elijo el socialismo para los cuidados paliativos de nuestra especie. Así podemos salir a cuidarnos mutuamente.”)
Con todo el estrépito que se arma sobre lo que pretendidamente quieren quitarnos los ecologistas –la derecha clama que Alexandria Ocasio-Cortez ¡quiere impedir que comamos hamburguesas! Hay activistas climáticas que dicen ¡que debemos dejar de viajar en avión! ¡No tengas hijos! ¡Ni siquiera una mascota!–, la buena noticia para nuestra vida cotidiana puede resultar casi inaudible. Sin embargo, lo cierto es que muchas de las soluciones frente al cambio climático mejorarían sensiblemente la vida de todo el mundo. El Green New Deal no solo supondría dar grandes pasos adelante hacia un futuro sin combustibles fósiles, sino que también permitiría que millones de personas dejaran su empleo precario y sin futuro para realizar carreras gratificantes y útiles para la sociedad.
Asimismo, gran parte de lo que hace falta para combatir el cambio climático comportaría una disminución de la contaminación atmosférica, que ahora mismo ya nos afecta profundamente. La contaminación del aire no solo daña nuestro sistema respiratorio, sino que también causa alteraciones del cerebro humano que son similares a la enfermedad de Alzheimer. En todo el mundo, la contaminación atmosférica mató a siete millones de personas tan solo en 2016, y en EE UU, tras varios impulsos de notable progreso, la calidad del aire ha empeorado desde entonces (ya sabemos qué ocurrió en 2016). La infancia es especialmente vulnerable, no solo porque su fisiología todavía está desarrollándose, sino porque los niños y niñas pasan más tiempo al aire libre que las personas adultas. Incluso una contaminación atmosférica moderada puede dañar nuestros pulmones tanto como el humo del tabaco.
Y eso que el aire limpio es un objetivo fácil de conseguir. Se puede mejorar –y a menudo se ha hecho, en EE UU y en otros lugares– regulando la industria y el tráfico urbano. Una política que favorezca la energía renovable también puede ser de ayuda. Todo esto también enfriaría el clima, y no solo de cara al futuro, no solo para quienes todavía no han nacido o nunca nacerán. Es para quienes ya poblamos el planeta. Imaginemos simplemente que podemos salir a la calle en verano, en una gran ciudad de cualquier país del mundo, y respirar profundamente aire limpio. Hace tiempo que me he ido de mi antiguo barrio, pero tal vez, cuando se disipe la niebla, llamaré a mi viejo amigo comunista y le preguntaré si quiere que demos un paseo.
31/12/2019
https://jacobinmag.com/2019/12/climate-change-decade-standing-rock-greta-thunberg-global-warming
Liza Featherstone es periodista independiente y columnista de Jacobin.
Traducción: viento sur

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