EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

domingo, 26 de enero de 2020

Judy

Judy
S
ólo soy Judy Garland una hora cada noche; el resto del tiempo, sólo quiero lo que todo mundo quiere. Esta declaración –lacónica, exasperada– la profiere la célebre cantante, bailarina, actriz y memorable intérprete de El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), ante el asedio inquisidor de un presentador de televisión. Y lo que la película Judy (2019), del británico Rupert Goold (True Story, 2015), refiere, a partir de la obra teatral End of the Rainbow, de Peter Quilter, es la amarga ironía y el catastrófico saldo físico y moral que significó para la estrella haberse visto obligada a ser, desde la infancia hasta el final de sus días, a los 47 años, el producto mercantil que Hollywood siempre quiso que fuera: la talentosa niña precoz sin una vida propia fuera del estudio de cine o la figura frágil pronto convertida en ídolo popular e icono gay, y objeto de tiránicas rutinas laborales sobrellevadas con el alcohol y las anfetaminas.
El frenético ritmo en una carrera artística de apenas tres décadas y el peso de las exigencias, tanto propias como de los productores, tuvo como primera consecuencia la fuerte inestabilidad emocional de Judy Garland: cinco matrimonios fallidos y un número apenas menor de tentativas de suicidio. En el tramo final de su vida, el esplendor inicial se volvió un desastre previsible, y el fervor de las mayorías, antes incondicionales, devino el culto campo que una minoría sexual y un puñado de nostálgicos admiradores le siguieron tributando con benevolencia compasiva. La reivindicación póstuma tardaría en llegar, con una biografía generosa, Get Happy: The Life of Judy Garland (Gerald Clarke, 2000); una miniserie televisiva, Life With Judy Garland: Me and my Shadows (Ackerman, Freedman, 2001), protagonizada por Judy Davis, y con esta versión fílmica de la mencionada pieza teatral de Quilter. A muchos jóvenes espectadores, sin embargo, la película Judy no les brindará hoy, de modo alguno, un acercamiento coherente y justo de la versatilidad y poderío artístico que Garland desplegó a lo largo de toda su carrera.
No habrán de enterarse, ni por alusión lejana, de que la actriz estuvo casada seis años con un maestro de la comedia musical y el melodrama estadunidense, el director Vincente Minnelli, tampoco de su histórico concierto en Carnegie Hall en 1961, ni del estupendo dúo artístico que formaron Judy y su hija, Liza Minnelli (presencia fugaz en esta cinta), en el London Palladium Theatre en 1964, por sólo señalar algunos momentos emblemáticos.
Al apostar por concentrarse en el propósito melodramático de la obra teatral y sólo capturar el drama crepuscular de la estrella, con sus últimos días en Londres y sus tristes y emotivas presentaciones ante un público primero implacable, luego conmovido, el realizador desperdicia la oportunidad de ampliar el panorama del registro biográfico y aprovechar al máximo el formidable talento que despliega la actriz Renée Zellweger al personificar a Garland, y de paso revelar a nuevos públicos la variedad histriónica y la complejidad real del personaje estrella. Ya sólo queda la reiterativa referencia a una Judy muy joven, mimada y maltratada por el Hollywood caníbal que encarna aquí el productor Louis B. Mayer, o la meteórica presencia de un Mickey Rooney (con quien Judy estelarizó múltiples cintas juveniles), y la insinuación de un acoso físico por parte del viejo Mayer como ingrediente ideal para conferirle actualidad a la cinta en estos tiempos de persistentes denuncias de abusos sexuales. Saltarse así casi tres décadas de trayectoria artística en la muy breve vida de Judy Garland para privilegiar, de modo esquemático, bajo la sombra virtual del sicoanálisis y de la corrección política, el desastre final de una carrera explicado por los estragos perdurables de una infancia lamentablemente vapuleada, es hacerle una magra justicia al personaje que se pretende evocar. Por fortuna, Renée Zellweger se coloca muy por encima de esas limitaciones narrativas para conferir una vitalidad renovada a la estrella prematuramente envejecida. Queda a cargo de los jóvenes cinéfilos interesados completar hoy, con sus exploraciones en las redes y en video, el vasto paisaje emocional y artístico que reveló en el cine y en los escenarios musicales, la proteica figura de Judy Garland.
Judy se exhibe en la Cineteca Nacional y en salas comerciales.
Twitter: CarlosBonfil1

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