En ese lapso, Washington ejecutó operaciones antiterroristas
en 85 países y violó libertades de árabes y musulmanes en su propio territorio
Sábado 11 de septiembre de 2021, p. 22
Nueva York. Pedacitos de papel llovían del cielo,
llevados por el viento desde las Torres Gemelas en Manhattan a Brooklyn,
como mil mensajes sin sentido de la torre de Babel en esta ciudad de
más de 200 idiomas, en esa transparente mañana del 11 de septiembre con
la cual amanecería algo llamado la guerra global contra el terror
.
Todos sentían la inmensa gravedad de lo que había sucedido, pero nadie sabía quién, cómo, por qué, ante la tragedia que poco a poco sumaría más de 3 mil trabajadores, patrones, limpiadores, bomberos, estudiantes, artistas, hijos, padres, hermanos.
Y a pesar del estallido de solidaridad y abrazos entre desconocidos
para salvar a otros durante los primeros días, del apoyo mutuo y la
fraternidad que inundó la ciudad, también ya se sentía la ominosa
sensación de que se preparaba la muerte para cosechar a miles, decenas
de miles, cientos de miles más trabajadores, patrones, limpiadores,
bomberos, estudiantes, artistas, hijos, padres, hermanos, que perecerían
en otros lados del mundo como consecuencia, primero en Afganistán,
después en Irak y otros frentes de esa guerra contra el terror
.
Noam Chomsky, entrevistado por La Jornada 48 horas después de los atentados, sintetizó las implicaciones inmediatas: “El ataque terrorista (a Estados Unidos) fue un asalto mayor contra los pueblos pobres y oprimidos de todo el mundo. Los palestinos serán aplastados por esto. Es un regalo a la derecha dura jingoísta estadunidense, y también a la de Israel. Y la respuesta planeada será lo mismo, será un regalo a Bin Laden... el tipo de acción de represalia que se está planeando es justo lo que él y sus amigos están buscando. Exactamente las cosas que promoverá un apoyo masivo y que llevará a más, y tal vez peores, ataques terroristas, lo cual entonces llevará a una creciente intensificación de la guerra” (https://www.jornada.com.mx/2001/09/15/006n1mun.html).
Más tarde advirtió: En general, las atrocidades y la reacción ante ellas fortalecen a los elementos más brutales y represivos en todas partes
.
Casi de inmediato, Washington proclamó su nueva guerra global contra el terror
a nombre de los que perecieron en la llamada zona cero en Nueva York,
los héroes de un tercer avión que dieron sus vidas al hacerlo caer sobre
un campo en Pensilvania, y en el Pentágono.
Pero de los escombros también surgió una creciente ola de opositores a
esa nueva aventura imperial que, encabezada por familiares de las
víctimas, proclamó en respuesta a Washington: No en nuestro nombre
.
Las movilizaciones antiguerra más masivas de la historia moderna
–algunos calculan que el 15 de febrero de 2003 participaron casi 15
millones alrededor del mundo– no fueron suficientes para frenar la
ampliación de la nueva guerra sagrada
contra el mal
.
¿Qué cambió con lo que fue el primer ataque bélico desde el
extranjero contra el territorio de Estados Unidos desde 1812? El
superpoder no podía tolerar nunca un ataque desde el exterior y de
inmediato la maquinaria de guerra, incluyendo su propaganda, fue
encendida. Casi toda la cúpula política de ambos partidos promovieron, o
fueron obligados, a subordinarse al canto bélico patriótico, con el
presidente George W. Bush dejando claro: Quien no esté con nosotros está con el enemigo
.
Legalización de la tortura
Desde entonces, Estados Unidos ha generado guerras y realizado operaciones antiterroristas
en unos 85 países, que han incluido programas de asesinato con drones,
acciones encubiertas y el uso de fuerzas especiales clandestinas,
incluyendo secuestros y desapariciones de sospechosos
en
cualquier parte del planeta. Se legalizó y se empleó la tortura en
centros clandestinos en lugares como Afganistán y otros países, y se
levantó el campo de concentración en Guantánamo, que sigue existiendo.
Ese primer año después del 11-S, el Pentágono detuvo a más de 2 mil 700
personas en el extranjero, y unas 600 de ellas fueron trasladadas a
Guantánamo.
Esa guerra global tiene un frente interno también. Se promovió la Ley
Patriota, con la cual se empezó a condicionar y hasta violar las
libertades civiles dentro del país. En los primeros días, cientos –tal
vez miles– de inmigrantes árabes y musulmanes fueron detenidos de manera
arbitraria y se les incomunicó. Una reforma migratoria que estaba a
punto de ser celebrada por Estados Unidos y México fue destruida por los
atentados, y ahora los inmigrantes en general se volvieron sospechosos
de ser terroristas
. Los crímenes de odio contra todos ellos
proliferaron por todo el país, nutridos por la retórica oficial.
Comercios árabes, incluyendo carritos de comida y taxis, colocaban
enormes banderas estadunidenses como escudos sobre sus tiendas y
vehículos.
Se estableció una nueva entidad federal masiva –la más grande después del Pentágono– llamada Secretaría de Seguridad Interna (DHS), la cual incluye las agencias de control migratorio y de fronteras, entre otras. Se elaboraron listas de sospechosos, a quienes no se les permitía ir en vuelos comerciales o ingresar al país.
Espionaje masivo
De ahí se desarrollaron y pusieron en marcha los masivos
sistemas de espionaje ciudadano dentro y fuera de Estados Unidos,
revelados después por Edward Snowden y otros. El pánico nos hizo
políticamente vulnerables, y esa vulnerabilidad fue explotada por
nuestro propio gobierno para darse la autorización de ampliar sus
poderes de manera radical
, comentó Snowden a The Guardian recientemente.
Esa guerra contra el terror
continúa 20 años después. El
presidente Joe Biden proclamó el fin del combate sólo en Afganistán el
30 de agosto, pero no de la guerra contra el terror
, la cual, dejó claro, procedería en toda esquina del mundo.
A pesar de lo ocurrido a lo largo de estas dos décadas, la derrota de Estados Unidos en Afganistán –aunque no todos perdieron
:
el complejo militar-industrial ganó más de 2 billones en contratos
durante esa guerra–, la invasión de un país, Irak, que no tuvo nada que
ver con el 11-S, bombardeos y operaciones clandestinas en decenas de
lugares alrededor del planeta, Wa-shington alerta que no sólo persiste
la amenaza terrorista internacional, sino ahora es acompañada por una
aún más peligrosa que proviene desde dentro del país, encabezada por
estadunidenses ultraderechistas, entre ellos, neonazis.
Mas de ocho de cada 10 estadunidenses opinan que el 11-S cambió a su país de una manera duradera; 46 por ciento cree que el cambio fue para mal, y sólo 33 por ciento opina que ese cambio fue positivo, según una encuesta de The Washington Post/ABC News de esta semana. Sólo 49 por ciento cree que el país está más seguro ante el terrorismo que antes del 11-S.
O sea, en el vigésimo aniversario del 11-S y su guerra global
,
cientos de miles de muertos, millones de desplazados y billones en
costos, nadie está más seguro. Tal vez, dentro y fuera de este país,
todo lo contrario.
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