EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

lunes, 30 de abril de 2018

American Curios

American Curios
Antiterrorismo
David Brooks
A
uno le tiembla la mano escribiendo, reportando, ciertas cosas. Y uno duda si dar aún más detalles sobre lo más oscuro y bárbaro sólo sirve para alimentar el nihilismo, o a fin de cuentas sólo lo normaliza más, o si acaba funcionado como anestesia. O peor, que nos volvemos sólo simples mirones del paisaje del horror. Antes uno hacía eso leyendo el Alarma o yendo a ver ciertas películas (ahora resulta que tal vez algunos de los filmes de horror más extremos son documentales).
Pero según algunos sabios, hay que confrontar el horror para superarlo y transformarlo, ya que no hacerlo, no reportarlo, no responder, no actuar, es volverse cómplice.
El jueves pasado se inauguró el Monumento Nacional por la Paz y la Justicia en Montgomery, Alabama. Ahí están instaladas 805 columnas de acero suspendidas de un techo, cada una representando un condado, y grabadas sobre ellas los nombres de más de 4 mil 400 afroestadunidenses y otros que fueron linchados entre 1877 y 1950. Fueron espectáculos públicos, a veces con miles de espectadores, y además de ahorcados, a veces fueron quemados vivos, castrados o desmembrados, casi siempre en público, a veces en frente de tribunales. Las razones para algunos de estos actos brutales: por caminar demasiado cerca a una mujer blanca, por tener la foto de una mujer blanca, o una mujer embarazada que se atrevió a protestar por el linchamiento de su esposo.
Es parte del terrorismo racial que forma parte de la historia de este país, afirma Bryan Stevenson, fundador de la Iniciativa de Justicia igualitaria que diseñó y construyó el monumento y un museo dedicado al asunto y cuyos bisabuelos eran esclavos. “No hemos creado espacios en este país que ofrezcan la historia de la desigualdad racial, de la esclavitud, del linchamiento, de la segregación que motive a la gente a decir ‘nunca más’”, comentó en entrevista con el Washington Post.
Afirmó que los afroestadunidenses, “a pesar de la brutalidad, a pesar del odio a pesar de la violencia, seguimos insistiendo ‘busquemos un camino para avanzar adelante’. Y es una historia notable de una comunidad de gente que desesperadamente sólo desea la paz”, afirmó Stevenson. Agregó que parte de la visión para el museo es crear un país donde de aquí a 100 años, la gente negra y café no serían presuntos peligrosos y culpables, donde reconocemos esta historia, donde logramos recuperarnos de ella. Indicó en entrevista con el New York Times: no me interesa hablar de la historia estadunidense porque quiero castigar a Estados Unidos. Quiero liberar a Estados Unidos.
Y es que a pesar de los grandes avances, sobre todo el cambio generado por el movimiento de derechos civiles, ese pasado sigue muy presente. Tal vez ya no hay linchamientos, pero hoy día existe la encarcelacion masiva; la profesora de leyes Michelle Alexander reveló que hay más hombres negros en las prisiones que el número de esclavos poco antes de la Guerra Civil. Mientras tanto, las condiciones de los que viven en la pobreza (sobre todo las comunidades afroestadunidenses y latinas) no han avanzado en medio siglo, con todo lo que eso implica para educación, salud y empleo.
Ese terrorismo racial desatado contra los inmigrantes africanos que llegaron en cadenas para ser el combustible de la economía estadunidense, ha sido ejercido en cierta medida contra olas de otros inmigrantes (irlandeses, italianos alemanes, chinos, y latinoamericanos) desde hace siglo y medio. De hecho, entre los linchados –aunque la gran mayoría eran afroestadunidenses– también hubo mexicanos, judíos, indígenas, y hasta algunos disidentes progresistas blancos; o sea, cualquiera que pudiera ser considerado una amenaza al dominio cristiano blanco.
Y en momentos en que la clase política necesita un enemigo para dividir a los pobres, versiones de ese mismo terrorismo racial se ha aplicado una y otra vez hasta hoy día.
El sábado, el presidente Donald Trump, en un discurso ante un mar muy blanco de sus fanáticos en Michigan preguntó: ¿hay hispanos en el salón. No, no tantos, está bien, poco antes de afirmar que “toda esta gente que se está volcando a través de la frontera van a votar (por los) demócratas (…) muchas veces no saben qué están haciendo ni por qué lo están haciendo, pero tenemos que tener fronteras y pronto (…) necesitamos el muro”. Poco antes, Trump grabó un mensaje para apoyar la campaña de un representante federal en Arizona donde advertía que si ganaba el contrincante demócrata, los inmigrantes ilegales se volcarán sobre tu frontera, trayendo con ellos sus drogas y su crimen.
Algunos expertos señalan que Hitler estudió los sistemas económicos y legales racistas de Estados Unidos para desarrollar sus políticas. De hecho, hace una semana, hubo un desfile público nazi en Georgia. Un comentarista advirtió: cuando los nazis no tienen miedo de caminar por las calles de Estados Unidos, y los afroestadunidenses sí, pues mejor despierta y escucha la chingada alarma. Un 57 por ciento de los estadunidenses –incluyendo más del 80 por ciento de los afroestadunidenses y un 75 por ciento de los latinos– opinan que Trump es un racista, según una encuesta reciente de AP-NORC.
Ese mismo terrorismo racial se expresa en las tácticas de las autoridades migratorias, quienes están literalmente arrancando a niños de los brazos de sus madres (más de 700 niños han sido separados de sus padres inmigrantes desde octubre, reportó el New York Times), en el juego cruel con que se amenaza a los jóvenes indocumentados que llegaron siendo menores de edad (los dreamers) como en las declaraciones del presidente y sus seguidores de que las familias centroamericanas que llegan a pedir asilo son amenazas a Estados Unidos.
Pero los inmigrantes, los esclavos liberados, los perseguidos, los refugiados, los otros, son las reales fuerzas antiterroristas en Estados Unidos, son los que han obligado a este país a enfrentar sus propios horrores y que una y otra vez lo invitan a cumplir con sus propias promesas de libertad y justicia para todos.

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