EL DELFÍN

Este es un espacio para la difusión de conocimientos sobre Ciencia Política que derivan de la Carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

sábado, 24 de octubre de 2015

Pobre Puebla

Pobre Puebla
José M. Murià
¡Q
ué chula es Puebla! ¿Cuántas veces se ha cantado por doquier? Sin embargo, de seguir así las cosas pronto habrá que corregir diciendo: ¡qué chula era Puebla!

Aquel hermoso conjunto de inmuebles que constituye su centro histórico emerge de un cúmulo de suciedad impresionante, además de que, salvo algunas excepciones, proliferan los muros descarapelados y/o pintarrajeados, así como las plazas públicas pletóricas de ambulantes.
Sin embargo, esto no es lo más grave, pues la limpieza se recupera limpiando y lo despintado… pues pintando, etcétera. En realidad, bastaría con hacerle caso al comité del dicho centro, al que nadie pela en la actualidad.

Lo que resulta verdaderamente grave es la destrucción. Alguna casa del siglo XVII, como la llamada del Torno, fue derribada por la picota de la megalomanía faraónica que padece en grado sumo el actual gobierno, en aras de hacer un funicular que pase por encima del cerrito donde se yergue lo poco o nada que resta del otrora heroico fuerte de Guadalupe y lo mucho que permanece del de Loreto.

Este último fue reconstruido con sobriedad y dignidad en el gobierno de Lázaro Cárdenas y se ha mantenido razonablemente bien. Su museo es sencillo y conducente y, en general, se ofrece al visitante con dignidad y veracidad.

Pero no es éste el caso de las piedras que antiguamente eran parte del fuerte de Guadalupe que han quedado sepultadas en una construcción que parece del Capfce. Queda tan bien camuflado el fuerte original que, una vez dentro de él, le preguntamos a un guardián dónde quedaba el dicho fuerte de Guadalupe y la respuesta fue no lo sé. Esta es una obra del bicentenario de la Independencia a cuya sombra tanto daño se hizo.

Pero lo peor de esta gubernatura imperial que padece el querido estado de Puebla es la pretensión del funicular, cuyo costo supera a la famosa Estela de Luz de la capital, y mucho más que heredará unas enormes estructuras que desgraciarán en forma definitiva la imagen de media ciudad.
Afortunadamente, entre el INAH, la Unesco y un grupo de probos ciudadanos, lograron suspender la citada obra, pero como el enorme gasto ya se hizo el tal teleférico se hará por otra ruta que, al parecer, también constituye una gran metida de pata y una buena sacada de más dinero.
A ello hay que agregar el injustificado segundo piso a la carretera que pasa por un lado de la ciudad –su libramiento, pues– y otros desplantes como viaductos, norias o ruedas de la fortuna, que responden más al afán de figurar y, tal vez, hasta de medrar, que de servir.

Asaz grave, aunque pueda corregirse pronto con un atinado cambio de gobierno, es el estilo especial de gobernar, estableciendo disposiciones –que no pueden llamarse leyes– que permiten severas formas de represión a las protestas sociales y la buena dosis de aprehensiones justificadas solamente por el afán de evitar el estorbo de quienes se oponen a los desatinos. Se dice que Puebla se ha ganado a pulso el primer lugar en materia de presos políticos.

Por otro lado, y ello resulta alentador, puede constatarse el buen trabajo que realizan ciertos sectores de la universidad estatal (la famosa BUAP) que no poco contribuye a contrarrestar los desfiguros urbanos y, con las limitaciones propias de las circunstancias generales y las particulares debidas al propio gobierno, realiza actividades de gran valor no sólo local.

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